TOMÁS DE IRIARTE

Anno domini 1750 en la localidad canaria de Puerto de la Cruz fue cuando yo, Tomás de Iriarte, nací. A los trece años de mi corta vida me trasladé a la gran ciudad, Madrid, para vivir con mi tío, que nos allanó el camino a todos sus sobrinos, y para recibir una educación más sólida.

A la muerte de mi queridísimo tío, y a regañadientes, ocupé su cargo de Traductor de la Secretaría de Estado. Más tarde se me concedería el honor de convertirme en Archivero del Consejo de Guerra.

Como traductor tuve la inspiración para empezar a traducir las grandes obras clásicas como la Odisea de Homero. Durante esos años asistí a una serie de Tertulias de la Fonda de San Sebastián. Allí conocí a Cadalso y a mis buenos amigos Nicolás y Leandro Fernández de Moratín.

Adquirí la fama con “Fábulas Literarias”, aunque no fue mi primera obra si fue la que me dio a conocer. Como soy uno de los grandes escritores de fábulas, las cuales son mi legado, hablaré ahora en el ocaso de mi existencia sobre la primera de las obras españolas compuestas enteramente de ellas. “Los Literatos en Cuaresma” nos ofrece una visión crítica e irónica de la sociedad del momento.

Una de las más famosas de ellas es “el burro flautista” que trata de un burro que por error sopla en una flauta y esta suena. Entonces el burro dice que sabe tocar muy bien. La moraleja es que hasta a los burros sin reglas del arte alguna vez les suena la flauta. De aquí parte lo que da fama a esta fabula, un refrán popular que dice “A ver si suena la flauta” que quiere decir que haber si hay suerte, por ejemplo, en un examen poniendo las respuestas sin criterio por falta de conocimiento.

Cuando reclamé haber sido el primer español en publicar una serie de fábulas totalmente originales inicié una enemistad con mi antiguo amigo Félix María de Samaniego que había publicado un libro de fábulas originales el año anterior. Aún sabiendo esto yo seguí reclamando este título ya que había estado escribiendo desde mucho antes de que él siquiera tuviera la idea.

Cuando caí enfermo de gota, en seguida he sabido que moriré pronto. El médico me ha dicho que no pasaré de esta noche, por tanto, mañana 17 de agosto de 1791 me iré de este mundo. Como único consuelo tengo esta biografía que perdurará en el tiempo contando lo que nunca le he contado a nadie, mi historia, mi vida.

Iván Guillén

OLYMPE DE GOUGES

“Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esa pregunta” y esa mujer era yo, Olympe de Gouges. Así fue como empecé “la declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana”, el mayor legado que dejé a todas las mujeres del mundo.

Mi nombre original era Marie Gouze, Olympe de Gouges tan solo era el pseudónimo de una escritora, dramaturga, panfletista, filósofa y política francesa. Y fui junto a Mary Wollstonecraft, a la cual me hubiese encantado conocer, una de las primeras feministas de la época. Y al igual que las otras feministas, milité a favor de la abolición de la esclavitud.

Llegue al mundo la mañana del 7 de junio de 1748 en Montauban, Francia. Nací en el seno de una familia burguesa, por lo que nunca tuvimos problemas económicos, además recibí una buena educación. Mi infancia no fue nada destacable ya que me la pasé en su mayor parte leyendo y aprendiendo.

Cuando tenía 17 años contraje matrimonio con un hombre mucho mayor que yo, con el cual no era feliz, pero aún así tuvimos juntos a nuestro pequeño Pierre Aubry. En 1766, cuando yo tan solo tenía 19 años me quedé viuda y vi la oportunidad perfecta para irme a vivir a París, una ciudad preciosa y acogedora, donde mi hijo podría recibir una esmerada educación. Cuando estuvimos instalados en París empecé a frecuentar salones literarios de la “Corte” prerrevolucionaria. Y gracias a este contacto con las artes descubrí una vocación oculta hasta el momento, la de escritora.

Con el pseudónimo de Olympe de Gouges escribí varias obras de teatro, pero la más conocida fue “la Esclavitud de los Negros”. Con ella pretendía visualizar la condición de los esclavos negros. Esto me supuso un gran enfrentamiento con la corte Versallesca, donde el comercio colonial suponía más del 50% de los ingresos, y en la que muchas familias se habían enriquecido con la trata de esclavos. Por este motivo, me encarcelaron en la Bastilla, pero conseguí ser liberada gracias a mis influencias.                                                                                         En el tiempo que estuve encarcelada, reflexioné acerca de la igualdad, y cuando salí, me involucré más activamente en la lucha por la igualdad.

Propuse un amplio programa de reformas sociales y abogué por la suspensión del matrimonio y la instauración del divorcio. Más tarde en 1791 redacté una declaración de los derechos alternativa, ya que en la primera no se tenía en cuenta a las mujeres, y la llamé “Declaración De Los Derechos De La Mujer Y La Ciudadana” y mi máxima era “si la mujer puede subirse al cadalso, también se le debería reconocer el derecho a poder subir a la tribuna.” Esta declaración la escribí siguiendo el pensamiento de Montesquieu, un filósofo francés.     

En agosto de 1793 me detuvieron y me condenaron a muerte por defender el estado federado. Reclamé un juico pero mi petición fue rechazada. Así que el 3 de noviembre de 1793, subí al cadalso con valor y dignidad por que a pesar de todo yo estaba muy orgullosa de todo lo que había conseguido a lo largo de mi vida.  

Marina Villarroya Giner

VISIONES DE MARY WOLLSTONECRAFT

Aquí estaba yo, era el año 1796, estaba sentada en la misma cama en la que nací, pero esta vez por un motivo totalmente distinto. Estaba llana de confusión.

Mi madre me dio a luz una cálida mañana de primavera, mi primer olor fue el delicioso aroma del perfume de rosas favorito de mi madre. Conforme crecí, todo el mundo depositó mucha esperanza en mí, era la más pequeña de la familia y la más risueña, pero a ellos les interesaba más que me convirtiese en una buena y codiciada esposa como ya lo habían hecho mis hermanas. Pero sinceramente, a medida que el tiempo transcurría y e iba cumpliendo años dejó de interesarme convertirme en un bello y perfecto objeto.

Por ello todo lo aprendido anteriormente dejó de serme útil. Emprendí una búsqueda entre libros, ensayos y poesías. Conocí entonces a mis dos mejores amigas, Fanny Blood y Jane Arden. Dos místicas personas con una ideología semblante y con unas ganas de aprender insaciables y muy dominantes en sus vidas. Así fue como me introduje en la inestabilidad de la vida y el pensamiento, la filosofía.

Poco a poco, mi esfuerzo comenzó a tener sus frutos y yo comencé a escribir ensayos y novelas donde plasmé todo lo que pensaba acerca de la educación de las futuras mujeres y del desdichado trato de los hombres y la sociedad hacia las mujeres. Comencé a escribir sobre los derechos de la mujer, hasta que concluí con mi libro “Vindicación de los derechos de la mujer”.

Pero ahora me doy cuenta en que todo lo que hice no lo hice por nadie más que por mí, en mis novelas traté de reflejar una mujer ilustrada, independiente, autónoma; justo lo contrario a mí. De qué me servía seguir viviendo; que podía aportar al mundo una inestable y depresiva mujer que se había dedicado a escribir sus sueños con miedo a enfrentarse a la realidad. Mis sueños no iban a cambiar nada, mi madre seguiría recibiendo palizas de mi padre y por lo general las mujeres serían consideradas o por objetos o  como ilustres y extraños errores de la naturaleza a os que contemplar.

Había fracasado en la vida y por tanto debía morir.

Y ahora que ya no existo en este mundo, parece que soy más necesaria y hasta incluso ciertas personas me han tomado como su referente. ¿Quizá algo había hecho bien? Pero lo que no me es adulador es toda esa polémica que ha generado mi estatua en Londres. Puede ser que representarme desnuda y como una mujer cualquiera pueda considerarse discriminación o que se está materializando la supuesta inferioridad femenina. Pero estos pensamientos existen en el momento en que alguien no es capaz de apreciar la bondad humana y se ha acostumbrado a vivir sometido en una sociedad machista. Detrás de mi escultura no hay malas intenciones. Como mucho solo las hay detrás de esas personas que prefieren manipular y crear polémica.

Sí todos somos iguales, no debemos menospreciar una escultura de un hombre o una mujer sin ropa ¿Acaso lo que llevamos nos condiciona a como somos?

Ana Maset

VISIONES DE MARY SHELLEY

Sucedió una noche en la que todos iban de luto, pues mi madre, la gran Mary Wollstonecraft, acababa de darme a luz y a causa de problemas en el parto, enfermó gravemente. Pasó el 30 de agosto de 1797 y finalmente, el día 9 de septiembre, falleció la gran filósofa y feminista. Probablemente fue por las condiciones en la que estábamos pues, hasta mitad del  XIX, la medicina no obtendría muchos avances.

Mi infancia no fue fácil, mi padre quería demasiado a mi madre, no le culpo, así que no se dignaba a mirarme, pues, de alguna manera, siempre seré culpable de la muerte de mamá. Toda mi niñez la pasé como una especie de niña inútil que nunca llegaría a lograr ni la mitad que sus padres, así que me volví solitaria, triste, nunca recuperé mi sonrisa hasta la madurez.

Escritora, dramaturga, ensayista y biógrafa británica, escribí la primera novela considerada de ciencia ficción, “El moderno Prometeo” o más conocido como “Frankenstein”,  en 1818. Aquel fue un gran siglo para la literatura. Aún recuerdo cuando conocí a mi esposo, Percy Bysshe Shelley, mi queridísimo Percy, y aquellos maravillosos días en Suiza con él, ahí es donde, por primera vez, concebí la idea de mi famosa novela. En esas vacaciones, junto con Lord Byron, John William, Polidori y mi esposo, hicimos una apuesta por ver quién crearía la historia más terrorífica y creativa, la cual yo gané con Frankenstein.

Muchos no lo sabrán, pero, me inspiré en el gran Erasmus Darwin, del que se decía que había animado materia muerta, y de la posibilidad de devolverle la vida a un cadáver o a distintas partes del cuerpo. La pérdida que sufrí por la muerte de mis hijos también fue una influencia crucial en mi creación. Mi novela es un mito de nacimiento en la cual abordo temáticas como mi culpabilidad por haber causado la muerte de mi madre y por haber fallado yo misma como una.                                                                                                                                                                                                                   Gracias a la influencia de mis padres feministas, me convertí también en una. De hecho, “El moderno Prometeo” muestra qué le sucedería a un hombre cuando trata de tener un bebé sin una mujer. Esta profundamente a favor de la naturaleza y del papel de la mujer en la sociedad.

En 1822 Percy decidió hacer un viaje en barco, del cual nunca volvió. A partir de ese momento, jamás fui la misma. Desde aquel día mis libros no serían iguales, y me iría por el camino de la literatura romántica. “Falkner” fue la última obra que marcó mi camino como dramaturga. Desde ahí, todo se vino abajo. Primero, en el 39 comencé a sufrir dolores de cabeza y ataques de parálisis en distintas partes del cuerpo que nunca cesaron. Pero, dejando aparte mis desgracias, aquel fue un gran siglo. El XIX supuso el tránsito final desde las monarquías absolutas que habían dominado Europa desde la Edad Media hasta los Estados-Nación de nuestros días, pues hasta entonces, “el lobo se vestía con piel de cordero y el rebaño consentía el engaño”, es decir que el pueblo aunque fuera engañado por los monarcas, seguía permitiendo cada una de sus decisiones. Fue también el siglo en el que la industria se impuso sobre las formas manuales de producción.

Aún joven y con camino por delante, de alguna extraña forma el destino decidió poner fin a mi camino, y, con solo 53 años fallecí a causa de un tumor cerebral. Me enterraron en el mismo pueblo en el que nací, en la iglesia de San Pedro. Tal vez que muchos me recuerden, o tal vez que todo fue en vano, lo importante es que el rebaño ya no consintió el engaño.

Ascensión Muñoz

VISIONES DE MARQUESA DE POMPADOUR

Las primeras palabras que me dijo mi padre, fueron las que años después de mi nacimiento tomé como guía de mi vida, y las que me ayudaron a forjar mi identidad y definir mis objetivos. Y es que el 19 de diciembre de 1721 mi padre me vio por primera vez y dijo: “un chico siempre se me quedaría en sargento de tambores. Sin embargo, a una mujer, como van las cosas en Francia y como es ese Versalles de tantos gabinetes secretos, si es bonita, hasta se le puede antojar ser reina. ¡Cuántas reinas que así no se llaman, pero que lo son, hemos conocido!”. Tras esto me puso el nombre de Janne Antoinette Poisson, y me dejó sobre los brazos de mi madre, que cuando se aseguró de que mi padre no le escuchaba me susurró: “que tu belleza sea tu arma. Una mujer tan bella como tú, puede conquistar el mundo”. Si, se puede decir que siempre tuve mucha presión sobre mi futuro, pero tampoco puedo quejarme de cómo me han ido las cosas.

Al proceder de una buena familia, nunca me faltó de nada, y menos cuando me casaron con Carlos Guillermo Lenormand, hijo del Tesorero General de la Casa de la Moneda. A pesar de mi temprana edad, en 1741 tuve un hijo que murió prematuramente, y tras este una hija a la que llame Alexandrine. Sin embargo, el mejor momento de mi vida fue cuando, en 1744, asistí a un baile en Versalles, donde conocí al rey Luis XV. Tras este encuentro mi vida cambió drásticamente, puesto que meses después me instalé en Versalles como nueva favorita del rey. Todos los aspectos de mi vida cambiaron, hasta mi nombre, puesto que el rey Luis XV me compró unas tierras que habían pertenecido a la familia de Pompadour, pasando así a ser conocida como la marquesa de Pompadour.

Durante los primeros 5 ó 6 años en Versalles seguí fielmente el consejo de mi madre y me convertí en la amante y confidente del rey. Con esto gané un gran prestigio en la Corte, y con el tiempo pasé de ser su amante a su mejor amiga. Fueron, en mi opinión, los años más gloriosos de Francia, yo no era la reina pero sí la dueña del rey, y durante 20 años intervine en la alianza entre Prusia y Rusia, desaté guerras, decreté leyes y hasta deliberé en presencia del rey como un ministro más. Fui su consejera y la organizadora de las “distracciones” del rey y de sus fiestas. No voy a mentir, fue duro para mí dejar de ser su “favorita”, aunque siempre tuve un papel destacado en la Corte.

Por esos tiempos perdí a mi hija Alexandrine, así que puede ser que el dolor que sentía por la muerte de mi única hija, hiciera menor el dolor de saber que el rey prefería a otras mujeres antes que a mí. Bueno, lo importante es que conseguí aceptarlo y superarlo, y durante 20 años fui la verdadera reina de Francia, creadora del estilo rococó y de la porcelana de Sévres, y eso nadie podrá quitármelo nunca.

Finalmente, el 15 de abril de 1764, tras una larga lucha, fallecí de tuberculosis. Pero lo más extraño es que no lamenté morir, puesto que se me agotaba el soporte de mi existencia, mi belleza.  

Jimena Rodríguez

VISIONES DE MARÍA ANTONIETA

Yo María Antonieta, nací en 1775, en Austria. A lo largo de toda mi vida, residí en el palacio de Viena, donde fui atendida con toda ternura. Mi padre, el emperador Francisco I de Austria, me adoraba, al igual que mi madre, la emperatriz María Teresa de Austria, con lo cual, no me podían negar ningún capricho. Mi vida era perfecta, me divertía jugando con mis hermanos, y escondiéndome de mis numerosos maestros. Hasta que a los 12 años, supe que iba a ser reina de Francia, lo cual me condujo a mi muerte. Mi madre, se dispuso a hacer de mí una perfecta princesa parisina. Expertos peluqueros y preceptores eclesiásticos, aseguraban que yo era una niña muy lista e ingeniosa, aunque un poco rebelde.

A los 14 años, me casé con el hombre, que estaría a mi lado durante toda mi vida, el duque de Berry, y futuro rey Luis XVI. Con el que tendría a mis cuatro hijos. Nunca tuvimos una relación estrecha, ya que se hacía con fines políticos, y aunque yo intentara avivar nuestro matrimonio, el no le ponía ningún interés, con lo cual decidí dirigirme a él, solo cuando lo necesitara o se tratara de asuntos serios. A los 19 y 20 años, mi marido y yo, nos convertimos en los reyes de Francia. Yo atemorizada, le escribía a mi madre, acerca de la angustia que sentíamos mi marido y yo al tener que reinar tan jóvenes, y sin apenas conocimientos. Pronto, nos convertimos en un símbolo de escándalo, para la corte europea. Trataba de agradar, y de obrar con acierto, pero no lo conseguía. Derrochadora, imprudente y burlona, eran algunos de los adjetivos que empleaba la prensa para describirme. Además, como si ya no fuera bastante, me apodaron con el nombre de “la austríaca´´, debido a las innumerables acusaciones de mis “numerosas´´ infidelidades hacia mi marido. Era verdad que ya no sentía la misma atracción por él, y que estaba manteniendo una relación con otro hombre, pero no era necesario ponerme un sobrenombre tan despectivo.

Mi amante se llamaba Axel de Fersen, conde de Suecia, y manteníamos una relación amorosa mediante cartas. Lo conocí por primera vez en un baile de disfraces en la Ópera. Allí estaba él, entrando por las grandes puertas de la Ópera, vestido como un gentil caballero, y con una máscara que resaltaba sus bellos ojos. Rápidamente me llamó la atención, y bajé de mi palco para conversar con él. Fue una noche divertida, y además se me olvidó preguntarle su nombre. No lo volví a ver hasta cuatro años después, cuando descubrí que era un buen amigo de mi marido, y que se trasladaría a vivir con nosotros a Versalles, y que pasaría a formar parte de la corte francesa. Las cartas que nos mandábamos, muestran la importancia que tuvo en mi vida la presencia de Axel, que además intentó salvarme un par de veces de la guillotina.

La caída de la monarquía se fraguó, ya no había posibilidades de reconciliación entre el pueblo y mi marido. Mi amante, el conde sueco, se encargó de preparar un plan de fuga, con un grupo de selectos y secretos monárquicos. El plan era salir de París por el jardín de las Tullerías durante la noche por una puerta falsa. Todo iba genial, hasta que en un pueblo llamado Varennes, nos descubrieron, y fuimos detenidos.

Estuvimos en prisión durante un tiempo, hasta que me separaron de mi marido y mis hijos. Volví a verlos en 1793 cuando fueron decapitados ante mis ojos. Fue el momento más doloroso de mi vida. Aquella tarde lluviosa de 1793, me di cuenta de los muchos errores que cometí durante mi corto reinado, los cuales me llevaron a un profundo vacío y soledad, con los que tuve que convivir durante siete meses, encerrada en una torre sin agua, luz ni abrigo para el invierno.

El 16 de Octubre de ese mismo año, se llevaría a cabo mi decapitación. A media mañana, sería exhibida en carreta por toda París, ante los ojos de una gran multitud. Luego, subiría lentamente los peldaños del cadalso, metería mi cabeza en aquel trozo de hierro sangriento, y cuando resonaran los tambores, caería la enorme cuchilla, que separaría la cabeza de mi cuerpo, y provocaría la muerte instantánea.

En el resonar de los tambores, vi pasar toda mi vida, y justo antes de que la cuchilla cayera, una lágrima, bajó lentamente por mi mejilla hasta la barbilla, y me arrepentí de todo lo que hice en un pasado.

Raquel Tamarit

VISIONES DE LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN

Después del gran vacío que mis hermanos dejaron entre mis padres llegué yo. A Madrid, en el año 1760, mi adorada madre Isidora Cabo me trajo a este mundo.

Desde pequeño sentía que mi deber era alegrar a los que me rodeaban y no encontré mejor forma de hacerlo, que a través del teatro. Poco a poco, fui mejorando mis obras hasta el punto que lo único que quería era escribir todo el día. Más rápido de lo que me esperaba ya empezaban a venir personas de pueblos cercanos a ver mis comedias, que sin duda eran las más amadas de todas mis funciones.

En 1789 publiqué “la derrota de las pedantes” donde criticaba a los escritores de mi época. Gracias a esta prosa estalló mi fama definitivamente y ya empecé a trabajar con grandes autores que me ayudaron a construir mi vida como dramaturgo.

Pero no todo fueron alegrías, por culpa de mi fama, se rompió mi matrimonio, sin embargo debo admitir que siempre supe que no funcionaría nuestra relación ya que buscábamos cosas muy distintas (o al menos eso me hizo creer).

Al año encontré por fin al verdadero amor de mi vida pero desgraciadamente de lo único de lo que soy capaz de acodarme es de nuestra horrible despedida cuando su familia nos separó por culpa de nuestra diferencia de edad.

Durante los peores años de mi vida, irónicamente fueron en los que surgieron mis mejores novelas como “el viejo y la niña” o “el sí de las niñas” donde retrataba nuestro amor prohibido. Aunque mis últimos años de vida los pasé en la miseria, espero que se me recuerde como alguien gracioso y alegre, ya que era lo que siempre intentaba.

Alejandro Comes

VISIONES DE EMILIA PARDO-BAZÁN

Yo soy Emilia Pardo-Bazán y de la Rúa-Figueroa, condesa de Pardo Bazán, fui una noble y novelista, periodista, feminista, ensayista, crítica literaria, poetisa, dramaturga, traductora, editora, catedrática y conferenciante española introductora del naturalismo en España. Nací el 16 de septiembre de 1851 en la Coruña. Pertenecí a una familia aristocrática y herede de mi padre el título de “Condesa de Pardo Bazán”.

Me casé a los dieciséis años con don José Quiroga en el año mismo de la Revolución de septiembre.

En 1869 me trasladé a Madrid, donde Emilia me inicié en la vida social de la capital al año después de la llamada “Gloriosa Revolución del 68”.

Al cabo de unos años me trasladé a Francia en 1871 ya que estaba aburrida de la monótona vida de la capital. Tenía muchos intereses literarios, por lo que leía mucho, sobretodo literatura europea pero en 1873 regresé a España, donde reemprendí mi intensa actividad social sin dejar de desarrollar mis intereses literarios, me aficionaba la lectura.

En el 1876 nació mi primer hijo Jaime, más tarde mi hija Blanca quien sufrió un abuso por un grupo de hombres, mi hija aspiraba muy alto y en esta época esto se veía mal en las mujeres, consideraban a las mujeres como débiles, inútiles, sin inteligencia, como si solo sirviesen para obedecer. A partir de este suceso, gané los juegos florales en Orense por mis versos y prosa, muchos de ellos haciendo referencia al abuso que recibió mi hija, por ello, desde ese momento fui considerada como un icono feminista, un ejemplo a seguir y gracias a mis obras ayudé al público a mirar de otra manera a las mujeres pero también recibiendo muchas críticas.

Publique mi primera novela en 1879 “Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina”. En el siglo XX me afiancé la fama literaria y fui nombrada presidenta de la sección de literatura del Ateneo de Madrid, siendo la primera mujer en ocupar este cargo. Además fui nombrada consejera de Instrucción Pública recibiendo el puesto catedrático de lenguas Neolatinas de la Universidad de Madrid, donde me boicotearon y rechazaron por ser mujer y feminista.

Mis encuentros con gente conocida de la época fueron varios, uno de ellos fue con don Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza y cuando pasé por París tuve otro encuentro con Víctor Hugo,  el gran maestro de la novela decimonónica.

Finalmente, mi muerte se dio el 12 de mayo de 1921 dejando un legado que hizo que se me considerase como una de las primeras activistas por los derechos de la mujer.

María Puig

VISIONES DE ADAM SMITH

“No puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados.”

Nací en una lluviosa noche de junio de 1723 en Kirkcaldy, Reino Unido. Me crié vestido de luto porque en mi niñez mi padre falleció al poco de mi nacimiento, por lo que tuve una relación muy estrecha con mi madre Margaret Douglas. Durante esta etapa sufrí graves problemas de salud por lo que recibí todo tipo de cuidados por parte de mi madre. Y una vez me hube curado, en vez de darle alguna alegría a mi madre, fui raptado por una banda de gitanos y conseguí escapar gracias a la acción de mi tío.

Esta fue mi infancia, no fue la que yo hubiese querido tener pero tuve que adaptarme y vivir con ello.

A la edad de los 14 años ingresé en la universidad de Glasgow donde me apasionaron las matemáticas y me influyó en gran medida el famoso profesor de la filosofía moral, Francis Autcheson. En esta etapa también me intrigó la filosofía porque daba razón a mi vida.

Mi primer trabajo fue dar unas conferencias con un gran amigo y filósofo Henry Kames en Edimburgo. Aquí descubrí la economía y empecé a disertar sobre ella. Poco a poco con mis conclusiones originales comencé a interesarle a la gente, hasta tal punto que me recompensaron con una plaza de profesor.  El conocimiento que adquirí en esta etapa de mi vida hizo que escribiese un libro “Teoría de los sentimientos morales” donde hice una reflexión sobre los principios de la naturaleza humana. Que complementé con mi segunda gran obra:” Ensayo sobre la riqueza de las naciones” donde por fin conseguí que la economía se considerarse una ciencia autónoma e independiente.

Todo parecía ascender hasta que mi madre falleció. La tristeza se apoderó de mi vida y día tras día mi salud empeoraba hasta que el 17 de julio de 1790 morí.

Por todos estos logros he sido considerado como el padre de la economía moderna.

Andrés Martín